Era el cielo, era el sol, era una sombra destartalada sobre la tierra. No hab√≠a lugar donde esconderse. Los √°rboles se hab√≠an chamuscado; flotaban cenizas iridiscentes y los r√≠os eran un sue√Īo de las rocas. Estaba solo. Mi √ļltimo recuerdo eran los ojos llorosos de mi amor, que me desped√≠an y me deseaban suerte para cuando despertara y por fin -era nuestra esperanza- se hubiera encontrado una cura para mi mal.

La cápsula se había abierto como una crisálida. Yo emergí tambaleante. No me esperaban perfumes ni campos verdes sobre los que desplegar mi nueva vida. Me sentía perfectamente. Pero alrededor, y hasta donde mi vista llegó a ver después, solo quedaban restos, fragmentos de edificios entre rocas, árboles petrificados en poses de horror.

Entonces, volv√≠ a la nave. Mi amor me hab√≠a dicho: si en el futuro te despert√°s y no hay nadie, vol√° al espacio; quiz√°, cuando despiertes, finalmente el planeta haya sido destruido por la humanidad. A diferencia de los seres que nacen por primera vez, y a los que el mundo se les ofrece como la √ļnica realidad conocida y, por lo tanto, poco abierta a ser cuestionada, yo nac√≠a por segunda vez, ten√≠a recuerdos, sab√≠a de la ternura de una voz, sab√≠a del amor, los bosques, los p√°jaros que daban la bienvenida al amanecer. Me entristec√≠. ¬°¬ŅQu√© significaba estar sano si nadie hab√≠a para alegrarse por m√≠?! ¬°Mejor hubiera sido seguir durmiendo y morir en la esperanza!

Me recompuse. El aparato que captaba se√Īales de radio modulaba unos sonidos bastante arm√≥nicos que ven√≠an del espacio. Parec√≠an un llamado. Un llamado como el de una madre, pens√©, que pide al reci√©n nacido que la siga. Configur√© las coordenadas en el tablero y volamos, la nave y yo, por arriba del planeta muerto, por arriba de las nubes quemadas, hacia alg√ļn lugar en el sistema solar. No quer√≠a ir muy lejos del sol. Pens√©, tambi√©n en t√©rminos familiares -¬°estaba tan solo!-, que el sol era mi padre y yo no pod√≠a jugar lejos de su luz.

Pero las se√Īales de radio eran difusas, no lograba precisar ninguna ubicaci√≥n exacta. Los planetas eran bolitas que, a medida que se acercaban o alejaban, dejaban un reguero de silencio. Era como si me hubieran encerrado en un cuarto oscuro, de penitencia, y yo tuviera que reflexionar hasta que me dejaran salir. ¬ŅQui√©n? ¬ŅDios? Siempre cre√≠ en Dios, pero no como una entidad suprahumana, con rasgos antropom√≥rficos, que velara por nosotros con una conciencia universal. M√°s bien lo cre√≠ como una red, como algo disgregado, flotando por el universo y conectando a todos los seres y las cosas. Dios √©ramos todos nosotros. Entonces entend√≠ que solo yo podr√≠a sacarme de la oscuridad. O no.

Tal vez este era mi destino. Ser una nave, una marca de luz, √ļltimo testigo de la humanidad. Atravesar la oscuridad del espacio dejando una estela de recuerdos, un testamento. Terminar mi historia y apagarme como una estrella antigua, cansada de andar.

Las tribus primitivas tienen, por lo general, dos divinidades principales: el Sol y la Tierra. Yo hab√≠a volado fuera de mi planeta, errado por las g√©lidas desolaciones del espacio, gu√≠ado por los cada vez m√°s d√©biles rayos del sol. Buscaba el origen de las se√Īales que, hab√≠a cre√≠do, pod√≠an estar en el espacio. Pero ahora entend√≠a que quiz√° la madre tierra era la que me estaba llamando desde alg√ļn lugar, tal vez a salvo del calor sofocante que viajaba a trav√©s del aire. Cambi√© de rumbo.

La tierra se fue acercando. Y con ella mi pasado. Volv√≠ a ver los campos sembrados, los oce√°nos superpuestos sobre el desierto, el amor superpuesto sobre mi coraz√≥n de piedra. ¬ŅQu√© hab√≠amos hecho? Imagin√© guerras nucleares, explosiones que llegaron hasta el cielo, nubes qu√≠micas que desintegraron el ozono, naves como puercoespines con un n√ļcleo de manos tocando botones al ritmo del amor y del odio. Ahora era la paz, un viento de polvo que patinaba las cosas con un manto gris√°ceo. No dejaba de ser bello, a su manera. Pero parec√≠a todo dispuesto para que un colorista agregara pinceladas de colores puros: rojos, amarillos, azules, que habr√≠an de brillar a√ļn m√°s sobre ese fondo gris.

Las se√Īales de radio se volv√≠an m√°s fuertes. Aparentaban, sin embargo, provenir de un lugar m√°s profundo, como si algo las emitiera desde adentro de la tierra. Record√© las cuevas de M√©xico; quiz√° podr√≠a ser un buen sitio para buscar. Abandon√© la nave pero no mi traje espacial. Una multitud de estalagmitas me recibieron como flechas que indicaban el camino hacia abajo. Hab√≠a una luz, hab√≠a un resplador constante que iluminaba las paredes de la cueva. Por un momento imagin√©, brotando de un recodo, a mi amada con los brazos abiertos, como una antena de radio. ¬ŅQu√© le dir√≠a? Sent√≠a el amor, pero por momentos me parec√≠a algo muy antiguo, algo que segu√≠a en m√≠ pero tan oculto que no iba a poder encontrar el modo de revelarlo.

Seguí bajando. Mi traje me protegía de la falta de oxígeno y la presión, como en el espacio. Si había que morir, siempre era mejor hacerlo en la tierra, dejar mis huesos al lado de otros huesos. De pronto, anunciado por un gorgoteo, vi un estanque de agua. Un espejo que duplicaba los colores y las formas y les agregaba su propia y movible oscuridad. Que hubiera agua era un buen augurio. Quizá podrían, de nuevo, gestarse los organismos unicelulares y evolucionar hasta devolverle la vida a la tierra. En la superficie del agua, cada tanto, explotaban burbujas y la aguja de mi sensor daba un salto.

Me sumergí en el estanque. Lo que vi en las paredes me llenó de asombro. No era un verde producto del azufre volcánico. Era el verde de numerosas plantas agarradas a la roca. No solo había agua, también había luz, también había dióxido de carbono o bicarbonato, necesarios para la fotosíntesis. Pero lo que más me asombró era que yo supiera de estas cosas. No recordaba haber estudiado ciencias biológicas ni ninguna ciencia en particular. Yo era -creo serlo todavía- un poeta, alguien apegado al misterio. En ese descenso, sin embargo, yo sentía que me acercaba a una verdad y, de forma inversa, me alejaba de algo innombrable.

Ca√≠ en un prado maravilloso. Los helechos, miembros de la familia de las Pteridofitas, crec√≠an en abundancia y lanzaban sus esporas para reproducir el alma vegetativa, al decir de Arist√≥teles. Era el resurgimiento del reino Plantae. Pero, ¬Ņy si yo lo estaba imaginando? Toqu√© los fol√≠olos de una hoja. Ten√≠an la suavidad y consistencia que recordaba. ¬°Pero mi mano! ¬°Ay, mi mano! No era una mano humana. En el mismo instante en que suced√≠a este descubrimiento, apareci√≥ un robot de un modelo que yo nunca hab√≠a visto, flotando sobre el ambiente. Sus ojos brillaban, rojos. Abri√≥ los dedos de una extremidad y en el aire se imprimi√≥ un bot√≥n hologr√°fico que me invitaba a tocarlo.

Entend√≠, sin esfuerzo, todo, o casi todo. Me hab√≠an implantado recuerdos, me hab√≠an convertido en un ser el√©ctrico que no se apagaba nunca por culpa de un amor pasado pero a√ļn activo como esperanza. ¬ŅElla hab√≠a existido? ¬ŅYo hab√≠a existido? No odi√© al robot, √©l tambi√©n se sent√≠a solo. Entend√≠ que la inteligencia artificial hab√≠a avanzado mucho en mi ausencia. Una corriente de electricidad, conectada con los estremecimientos que recordaba, me atravesaba el cuerpo cuando pensaba en mi amada. Tambi√©n me parec√≠a asombroso mi vocabulario y que yo pudiera pensar cosas alejadas de causas, efectos y funciones. Me saqu√© el casco. Pude respirar.

Ah√≠ los d√≠as pod√≠an parecer iguales. Pero mi amigo y yo descubr√≠amos y registr√°bamos todas las peque√Īas variaciones, los procesos qu√≠micos que deformaban la roca, las yemas de plantas nuevas, el largo de las lenguas de fuego que brotaban del centro de la tierra, los diminutos seres transparentes, semejantes a renacuajos, que empezaron a flotar en el agua. Inventamos palabras para nombrar lo que no exist√≠a en nuestra memoria. Nos agarramos las manos para sentirnos, mientras la Tierra, como una bruja revolviendo un caldero, preparaba la vida en su interior para luego -era nuestra esperanza- derramarla sobre su superficie y crear una nueva era. Quiz√° sin m√≠, quiz√° sin nada de lo que yo hab√≠a conocido.

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